Algo se me enredo en los pies, y no pude evitar caerme.
Llevaba a Huda en los brazos porque sabía que sus piernitas jamás iban a poder escapar del policía que quería ver nuestras identificaciones…como si todavía tuviéramos identidad para ser comprobada.
El tiempo pasa rápido cuando vivimos dentro de nuestra zona de confort. Cuando Huda nació hace 7 años, la vida era lo que se puede llamar normal. Fátima y yo, después de tener Khaled, pasamos varios años pensando que iba a ser hijo único. Un buen día, el periodo de Fátima se retrasó sin ningún aviso ni contratiempo y 9 meses después trajimos a Huda a casa, con mucha ilusión. Nuestra familia era normal, yo trabajaba como profesor de arquitectura en la Universidad de Daraa y Fátima cuidaba de los niños, mientras que de vez en cuando acercaba dinero a la casa con su venta de comida.
Vivíamos bien. Khaled asistía a la secundaria y le iba muy bien. Fátima estaba cuidando a Huda y tenía las manos llenas. Yo estaba satisfecho con mi trabajo. El país parecía inmune a todos los conflictos que crecían en los países vecinos, los medios le llamaban la Primavera Árabe.
Y entonces llego la sequía. Venia sin fusiles y sin tanques. La sequía fue subestimada por todos, me incluyo. Siempre pensamos que era pasajera. Cada año la plegaria era la misma: agua. Para las cosechas, para la industria, para la vida… Aprendimos rápido, que la paz también se mantiene con agua.
La economía cayo, la industria se empezó a ir. El gobierno empezó a hacer negocios con las pocas compañías que se quedaron y empezaron a privatizar el agua. Solo quienes tenían permisos del gobierno podían cavar pozos. La gente empezó a desesperar y estallo la guerra. A todo perro flaco se le pegan las pulgas y finalmente los problemas de los vecinos, encontraron casa en Siria.
La universidad empezó a recortar presupuesto y a reducir sus clases. El ambiente en la calle era tenso, teníamos toque de queda y el gobierno se alió con mercenarios para castigar todo lo que consideraran amenazante. Las protestas eran diarias; estudiantes, agremiados, agricultores se tiraban a la calle con hambre, sed y furia. Se formaron guerrillas entre los reprimidos. No nos dimos cuenta cuando llego, pero teníamos una guerra civil.
Finalmente, la carta de despido de la universidad llegó y yo ya no tenía como mantener a mi familia. Sabía que no podía dejar que Huda creciera en un lugar así. Khaled era un hombrecito ya, pero la sangre de mi hijo no iba a ser reclutada para morir como carne de cañón. Una de las tantas noches que no podíamos dormir por los disparos y los disturbios afuera, lo decidí: iba a sacar a mi familia de Siria a como diera lugar. "Vamos a ir a Grecia, podemos llegar por mar o por Turquía. Luego podemos ir a Europa, Suiza o Austria son decentes y aun no tienen tantos problemas con inmigrantes como Francia." Nadie en mi familia iba a morir en Siria. Me lo juré esa noche.
A la mañana siguiente Fátima no tuvo argumentos para contradecirme, a pesar de que su corazón lloraba por la tierra que sabía que no volvería a ver en la vida. Khaled me apoyó sin ninguna duda.
Fue duro dejar a los demás atrás. Mi madre, mi hermano. No podía llevarlos a todos. Cargamos solo con lo necesario. Poca ropa, aun menos comida. Ninguna pertenencia material. El dinero necesario para pagar el transporte y una eventual mordida para alguna autoridad migratoria que no quisiera colaborar.
El viaje que pudimos costear fue por tierra, por Turquía. Éramos cientos. Colegas profesionales, obreros, mujeres, niños, ancianos; todos huíamos de ese maldito estado de guerra. Los gobiernos empezaron a ver en nosotros una amenaza y los retenes eran cada vez más difíciles de bordear. Estábamos en una tierra extraña, sucios, con hambre y más vulnerables que nunca.
Estábamos a punto de entrar a Hungría y nuestro grupo era grande. Se decidió descansar unas horas antes de entrar, llevábamos otras tantas horas caminando y todos estábamos exhaustos.
De repente oímos gritos. La policía nos había emboscado y estábamos atrapados. Khaled tomó a Fátima de la cintura y empezaron a correr para cruzar la frontera. Me levanté, y tuve el peor instante de mi vida: Huda no estaba. El tropel de gente de gente se movilizó y el alma me volvió al cuerpo cuando vi a mi hija de pie entre la multitud, confundida sin saber que pasaba. Tomé la bolsa plástica donde guardamos lo único que teníamos y empecé a correr hacia Huda. Sin detenerme la tomé con un brazo y seguí corriendo hacia la frontera. Sentí la espalda pesada. Uno de los oficiales me atrapo y jalaba el bolso que llevaba en la espalda hacia atrás. ¨MI FAMILIA NO VA A MORIR¨ y con la adrenalina al máximo logré soltarme de la mano del policía. Tenía que salvar a Huda. Tenía que alcanzar a Khaled y a Fátima. ¨MI FAMILIA NO VA A MORIR¨ A la frontera, tenía que seguir corriendo, sin ver atrás, sin detenerme, sin soltar a Huda. ¨MI FAMILIA NO VA A MORIR, !MALDITA SEA!¨
Y en ese momento, caí. Cayeron nuestras cosas en la bolsa plástica, cayó mi hija conmigo. Caí yo…junto con mi dignidad y mi esperanza. "Maldita sea, me caí!"... Algo se me enredo en los pies, y no pude evitar caerme.
Dedicado a Petra László.
Gracias por recordarnos lo miserable que puede llegar a ser un ser humano.