They killed us all
El licor,
nunca ha sido buen consejero. Desinhibidor
de pasiones, relajante muscular y verdugo expedito e implacable de los secretos
mejor guardados. .. por años.
Un viaje
con los amigos a la playa era común en su agenda de veinteañero financieramente
autosuficiente. Cuentan que era buen
nadador, el único de la familia. Su herencia genética le daba un poco de color
a su piel y hacia que su cabeza no estuviera a mas de 1.70 del suelo. De todos
los hermanos, él era el más emprendedor, el más aplicado en los estudios y el más
encariñado con la madre.
Se dejo seducir, como tantos
otros, por la promesa del comunismo. ¿Qué joven educado y buen cristiano no lo habría
hecho? Era la oportunidad de tener un mundo mejor, en donde todos fuésemos iguales
y tuviésemos las mismas oportunidades. La revolución era de todos. Muchos
libros y mucha propaganda vinieron de la madre Rusia, donde los bolcheviques ya
le habían probado al mundo que el cambio si era posible. ¡Se avecinaba un gran cambio!, ¡el mundo
cambiaria! Y todos querían ser parte de eso. El se enamoró de la hoz y el
martillo…y de todo a su alrededor. Y, el
amor, cuando no muere, mata.
El siempre
se supo diferente, pero no estaba dentro de sus planes a corto plazo gritarlo al
mundo. No era tan difícil vivir dentro de
las reglas de la sociedad después de todo. Uno no extraña lo que no conoce. Pero la puta libertad que el comunismo le vendió,
lo empoderó al punto de atreverse a mostrar lo que por tantos años guardó.
Después de muchas cervezas y con la infinidad de mar en frente, Marx y
Engels se encargaron de maniquear aquel cuerpo joven que osó pensar que un cambio
era posible. Borracho por el licor y la propaganda, no pudo controlar su mano
cuando ésta intentó buscar el miembro del varón más cercano en ese
momento.
Hubo una reacción violenta que alertó al resto de los miembros de la
manada. El silencio inesperado incubó instantáneamente un asco y una violencia
que no conocieron límite. En la Costa Rica
de los ochenta, podías ser comunista y, ser rechazado por qué comías niños,
pero simplemente, no podías ser gay. Aquella manada de machos sintió amenazada
su masculinidad y su reputación por aquel raro que se atrevió a cruzar la línea.
¿Qué va a decir la gente? ¿Qué vamos a hacer?
El más
macho de todos, el perro alfa, el más despiadado, no lo pensó dos veces; tomo una piedra de las del fogón y
cobardemente por la espalda dió un golpe certero y mortal en la base del cráneo
del rojillo. No sufrió; tampoco tuvo tiempo de dilucidar que era aquello que había
hecho mal, que tanto enfureció a sus “amigos”.
-¿Qué hiciste gϋevón!? Lo mataste!
-Era playo el hijueputa…
Con la misma
sangre fría, el asesino orquestó la coartada y se encargó de cobrar un
juramento, de todos aquellos hombres, muy hombres, que certificaba que lo recién
ocurrido había sido solo un sueño de alcohol.
Nadie podría refutarlo, desmentirlo o confrontarlo, so pena de compartir
la eventual condena.
¿El cuerpo? Enterrado
¿La coartada? Perfecta
¿Los hombres? ya nunca más lo fueron y...
¿El comunismo? Aún
no resucita.
Dedicado