Pentecost
En nuestros
momentos de mayor desesperación, no solamente conocemos nuestros verdaderos
límites, sino también develamos nuestras más dolorosas debilidades.
Hace unos
días tuve los peores treinta minutos de mi vida, desde papi se tuvo que ir.
Mientras Don Alcides y compañía me cortaban el zacate, yo, por descuido, dejé el
portón de la casa abierto y Eros se escapó.
A pie, en carro y con todo lo que me daba la voz corrí por las calles de
Villas de Ayarco llamándolo, desesperada; siempre pensando en una inminente tragedia y
temiendo el peor de los desenlaces: que Eros no volviera.
Hice algunas promesas en mi cabeza, siguiendo
la tradición aprendida, ofreciendo acciones para que Dios me devolviera a mi
perrito. Y lo hizo. Entonces, lo
prometido se convirtió en deuda.
El domingo intenté saldar una. Tenía…años… de no ir a misa.
Por primera vez entre a la iglesita de Villas. Lástima que era misa de 9am…y yo llegué a las
10, pero al menos recibí la bendición. Por esas cosas raras de la vida, los Hicsos
estaban “amenizando” y como zarpe de la misa, se echaron aquella
♪ ♪ ♫ ♫ Violencia
Al salir, el
padre que estaba en la puerta, probablemente reconoció mi cara de feligrés
amateur y me saludó: “Vení,
abrazáme para que podás comulgar” …todavía le estoy dando vueltas a lo que en
realidad me quiso decir o a sus intenciones detrás del abrazo, pero como comulgar
no está dentro de mis proyectos a corto plazo, tampoco es relevante.
Pentecostés…
los 50 días después, la entrega de la Ley y la venida del fuego.