Doña María's daughter
Hay
millones de historias que solo sus protagonistas conocen. Este post va dedicado
a un alma nonata que probablemente solo su madre recuerda. Ella merecía mas, y
por eso esta entrada es para ella.
Doña María es una indígena maya. Por supuesto que ella no se definiría así. Su etnia y su cultura son mucho más concisos que eso. Para mí, la espectadora turista, es más fácil ponerla en ese saco grande. Pero advertido está el lector que solo en el Departamento de Sololá, coexisten tres pueblos indígenas.
Doña María
es bajita, a lo mucho tendrá 1.50cm. Su tez es morenita, pero se nota que no es
quemada por el sol, solo que así la pinto Itzanma. Tal vez Doña María tenga unos 50 o 60 años,
tal vez más. Es difícil decir porque su pelo es de un negro azabache engañoso.
Algunos dicen que el color lo deben al jabón con que lavan su pelo. Domado
hacia atrás en una trenza es un pelo dócil e inquebrantablemente lacio. Otra
cosa que rejuvenece a Doña María a cada minuto es su perenne sonrisa. Una
sonrisa honesta y sincera que le alcanza los ojos y la frente. Le falta solo un
diente en esa fajita blanca de soldados jacarandosos. Anda vestida como lo han hecho las mujeres
de las que desciende por siglos. Su enagua colorida que no puede esconder
incontables lavadas, pero que aún cumple. Lleva una blusita blanca con mangas
cortitas que parece que le cayeron flores de arriba por los bordados que tiene
en los hombros y el cuello. Infaltable también es su delantal; con un relieve que
intenta darle elegancia a esa pieza de ropa tan abstemia. Ninguna de las tres
piezas calzaba con ninguna teoría del color, o combinación de patrones. Toda
ella parecía una explosión de colores, texturas y diseños que conscientemente
no tenían la más mínima intención de calzar con ningún estándar de belleza
occidental.
Doña María,
como la gran mayoría de indígenas Guatemaltecos es bilingüe en el más humilde
de los casos. Se le nota una frugalidad impuesta en sus estructuras
gramaticales de español y algunas de sus consonantes son sustituidas por otras
similares sin que esto afecte de ninguna manera su mensaje.
Con aquella
sonrisa hermosa Doña María me saluda con un “!Buenos días! ¿Como está?” El saludo es sincero, no es working-on-my-tips customer service.
Cuando le cuento que pasé la noche vomitando cambia su
sonrisa por una congoja maternal y me pregunta sobre el asunto. Una cosa llevo
a la otra, y como mi panza de embarazada ya no puede esconderse por más floja
que sea la prenda, me pregunta por Joaquín.
Hablamos un poco de mí, y para no desaprovechar la oportunidad de adquirir
cualquier secreto ancestral que su sabiduría indígena pueda tener, le pregunto
por la maternidad de ella.
Doña María
tuvo tres hijos: dos varones y una mujer. Con una expresión totalmente neutra,
como alguien que recuerda un viaje pasado tirado al olvido, me cuenta que sus
dos hijos varones ya son grandes y que su niña nació muerta: “El señor se
emborrachaba y me pegaba la panza. La mía niña no nació.”
Su confesión
me mató. ¿Cuánto dolor pudo haber tenido Doña María en su vida? Y, ¿cómo hacía
para guardarlo y ser funcional detrás de su sonrisa? Yo solo me acaricié la panza con rabia y gratitud. Rabia de escuchar una vez más una
historia de violencia donde el agresor gana; y gratitud, porque mi historia es
diferente.
Esta entrada es para que quien lea, recuerde aquel fetito que en algún momento fue una promesa de vida. Ya nunca sabremos si hubiese sido una mujer común o una de esas figuras divinas de las que hablan los baktunes mayas. Hoy recordamos a la hija de Doña María.
