Beyond La California
San José no es lindo. Pasada La Cali y hasta llegar a Sabana, hay pocas cosas que uno pudiese llamar "lindas".
Ese olor melancólico, bohemio y elegante de Chepe solo se percibe cuando los
vientos y el universo se combinan a la perfección. Pero en la realidad de la clase
trabajadora del día a día, San José es sucio, desordenado y maloliente. Algo similar, pero a escala y exacerbado, a las grandes
capitales europeas. Recordemos la entrada nonata de este blog: París también huele
a miaos.
Tal vez sea mal sentido del humor del destino o pura
justicia divina, pero ahora que cruzo el corazón de la capital a diario, a pie, una realidad
hasta ahora paralela para mí, me abofetea.
Demasiado comercio barato peligrosamente atractivo;
demasiadas ombligos desbordados por encima de la cintura del pantalón;
demasiados celulares sudados entre pares de senos bastante al descubierto; demasiada basura en los rincones. ¿Que
si prefiero el interior solitario y con olor a perro de mi carro? ¡Pero en esta
vida y la próxima!
Como por ahora no tengo opción, trato de ver San José como ese
arcoíris que hay que cruzar para conseguir la ollita de oro al final.
Bien lo dice Sabina en El Simbolo y el Cuate, cuando uno está
feliz y la vida le sonríe, uno no debería escribir. Y es por eso que mi
setiembre estuvo seco.
Por ahora no hay tierra firme, pero cuando la encuentre, me
prometo crecer fuerte y alta. Me prometo.