Súria
Olía a madera.
Cuando finalmente se bajo de su carro, maltratado y sucio por el camino de lastre de una sola vía, le dieron una llave que tenía un llavero de madera con un número 9 tallado.
Abrió la puerta y la recibieron dos camas, un calentador y un olor intenso a madera nueva; esa que aun no se contamina ni con la energía ni con los olores de sus usuarios. Había dos ventanales grandes, uno daba al río y el otro hacia la recepción, que estaba un poco lejos. – ¿Hay peligro por acá? –Ud. puede dormir con la puerta abierta si gusta, le respondió la joven lugareña con una sonrisa cordial enmarcada en unos cachetes colorados, como es lo común en la zona. Hasta allá abajo no llegan las poses falsas ni los amagos de soberbia, allí servir, es más que un trabajo; es un verdadero gusto.
Después de una cena con entrada de sopa negra con cebolla y una chuleta con vegetales que alegraba la vida, se recordó a si misma que tener la cama king para ella sola no estaría tan mal después de todo. Trató de dejar su maldita soledad perdida de camino, y al llegar, se encontró con una todavía mayor. El silencio, era de verdad.
Un sol insolente la arranco de su inconsciencia cerca de las siete de la mañana.
El espíritu deportivo perdió la batalla con aquel edredón verde oliva, que la había protegido de los 10 grados que jugaban rayuela en la madrugada. Hay cosas que no cambian por más que se cambie de latitud y, como siempre, el día empezó a calentar con una taza de café, negro, con tres de azúcar, y el resto del desayuno.
Entrada la mañana y hecha ya la digestión, se fue a no olvidar lo bien aprendido: montar a caballo. Un par de zaguaticos equinos fueron sus corceles y encima de sus lomos conoció un pueblo paradisiaco que parecía tener una barrera invisible contra el tiempo, las maldades y la vagancia. El río y el monte les dan de comer. Tienen una iglesia y una escuela; pero no hay cantinas. Aún se saludan y trabajan con ganas de trabajar.
El almuerzo llegó y con él la cuenta, y con la cuenta el fin del espejismo. El mismo camino que le causo ansiedad al bajar ahora la dirigía mas cortésmente hacia afuera; tal vez a él tampoco le gustaban los visitantes. Al salir a la carretera principal parecía como si una puerta astral se cerrara detrás de ella y daba la impresión que las últimas 24 horas nunca sucedieron, más que en su memoria. Compró conservas de frutas, miel, queso y flores.
Cuando volvió a la rutina, le preguntaron:
¿Por qué te fuiste tan lejos? ¡Y sola!
Ella solo respondió:
Necesitaba tiempo para leer.